Novedades discográficas

August 20th, 2008

Novedades discográficas
Desde su aparición, los sistemas de almacenaje sonoro apuntaron hacia una aporía: la música, esas agitaciones del aire de un planeta, que funciona como una caja de resonancia, dejaría de ser sonido anónimo y de libre circulación para convertirse en objeto prefabricado, etiquetado y comercializado. Los discos y la radiodifusión suponen una trasformación en nuestra cultura del alcance que tuvieran en su día la imprenta o la fotografía. Esta propuesta gráfica de dibujos animados y coloreados, que abunda en las relaciones del matrimonio audiovisual y el envoltorio de los sonidos, se mostró originalmente en una tienda de discos, el último escenario de la industria que hoy ofrece un aspecto entre cuartel de la resistencia y cementerio abandonado.


video de la exposición

video musical: Germán Copini

Ediciones pneumáticas y Zaunka presentan un video musical de Germán Copini, producido por Astray y con dibujos de Ginés Martínez.


portadas de los discos



La sordera del rocanrol.

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En el año 1972 en que nací no había tiendas de discos en mi ciudad. Estos objetos, los discos, no se vendían en negocios específicos, sino que algunos luthiers vendían los de música clásica, y en las tiendas de electrodomésticos se vendía la música popular: desde la copla al rocanrol y los boleros. En los grandes almacenes de ropa y complementos sólo podían encontrarse discos de moda y novedades en una pequeña sección de no más de un par de estantes. Podría decirse que entonces el negocio de la música enlatada ocupaba un lugar más propio en el universo: cerca de los músicos, los tocadiscos y los pantalones tejanos.

En casa nunca tuvimos en propiedad ninguno estos objetos que yo llamo discos aunque debemos entender también aludidos todos los demás formatos que la industria discográfica ha explotado. Eran tiempos cercanos ya al fenómeno contemporáneo de la omnipresencia musical: mi primera pieza en propiedad fue regalo de mi tía, la adquirió en un quiosco. A los ocho años de edad comencé una colección de clásicos del jazz publicados por una editorial que se dedicaba a las enciclopedias por fascículos, con una cassette de Ella Fitzgerald, ya que no teníamos tocadiscos. El espectacular desarrollo de los productos tecnológicos de nuestros días habría hecho imposible que existiese hoy un hogar sin reproductor. Su rápido avance también nos permite ver inmediatamente su próxima decadencia: de las ventanas y balcones cuelgan discos digitales por los que se ha pagado incluso por los derechos de la propiedad intelectual de su autor, con la única finalidad de espantar a moscas y palomas, animales impasibles que viven sin conflictos las transformaciones del medio urbano. Por otro lado la omnipresencia musical que mencionaba no da por sentado que seamos conocedores del soniquete que nos acompaña allá donde estemos. Es decir, que vivimos ignorantes, sumergidos en un medio que desconocemos, en un planeta que es una caja de resonancias. De hecho, deberíamos hablar de la parte de la historia musical anterior a los discos o a la radio del mismo modo del que se habla de la cultura antes de la imprenta.

Al igual que la fotografía supuso una quiebra en la representación que implicaba la necesidad de que todo fuese fotografiado, los primeros fonógrafos vaticinaban las grabaciones de cantos de pájaros, los cursos de idiomas o las risas grabadas, fundamentales en los espectáculos modernos. Así la música corre hoy también el riesgo de convertirse en un objeto prefabricado parte de nuestra decoración.

Para cuando pisé por primera vez una tienda especializada la televisión pública ya emitía videoclips, había en la radio cadenas que sólo programaban música y pese a ser increíblemente más lento que hoy, el transito de los discos era frenético entre las personas. Las copias piratas circulaban por los mercadillos en grandes cantidades, aunque esto hoy ha llegado a un extremo, merced a los equipos domésticos de reproducción, que deja en evidencia a los propios fabricantes. Bien visto, la mejora en la calidad de los equipos, las grabaciones, etc., solo ha venido a poner las cosas fáciles a esa parte sumergida del negocio, que en otros tiempos, ofrecía además, materiales despreciados por la industria pero de gran utilidad para los aficionados, como grabaciones en directo, entrevistas en programas de radio, etc.

En los viajes que hice por aquellos años visité tiendas y mercados de discos de todo el mundo. Como digo, había graves problemas de distribución, no obstante era sorprendente encontrar mercados de discos en algunos rincones en los que la existencia de tocadiscos era imprevisible; y este era el modo de encontrar algo nuevo pero también de constatar que era un fenómeno muy extendido en casi todo del planeta. Cualquier paraje es susceptible de convertirse en el escenario de un concierto de rocanrol al que asistirán millones de personas.

Pasé más de cinco años trabajando en un chiringuito de mi ciudad que antes había sido un puesto clandestino en el rastro y que mantuvo como costumbre nostálgica seguir abriendo al “público” los domingos por la mañana. En él descubrí algunos usos insospechados de la música que intentaban dar una dimensión mayor a un fenómeno que en el mejor de los casos era algo pasajero y en el peor una patología.

Durante un periodo de la vida de las personas, que generalmente coincide con la adolescencia, la base de su alimentación es su discografía. Este es uno de los trastornos de la alimentación más comunes y suele provocar anemias mentales y raquitismo moral. Parece que toda la literatura, toda la estética y la filosofía se adquieren allí a modo de un empacho bulímico.

En las tiendas se podían probar los discos, podías pedir que sonasen algunas canciones, pero sobre todo, los discos se ojeaban. En todas las tiendas se colgaba el cartel de “cajas vacías”,decían, para evitar robos. Había una especie de gramática plástica en las portadas que permitía identificar su aspecto con ciertos sonidos: la música clásica utilizaba a los maestros de la pintura hasta los impresionistas; el jazz y los experimentales, las vanguardias de principios del veinte; la electrónica, el diseño industrial y los ordenadores; y el rocanrol, el collage, los tebeos, etc. Todo este tinglado ha desaparecido y en los modernos reproductores digitales de música puede leerse “artista desconocido. pista 1” siendo ésta toda la información visual que acompaña a la canción en la mayoría de los caso. No obstante, es significativo que la información adicional de los discos fueran fotografías, créditos de todo tipo y datos técnicos complejísimos como las guitarras y amplificadores usados y nunca, bajo ningún concepto, partituras cifradas o alusiones a la escritura musical, acordes, tempos, etc. Está claro que lo importante no es cantar en el tono sino apretar el play y repetir con los mismos gestos lo que dice el cantante. El videoclip , en ese sentido daba muchas más claves para esa mimetización. Los videojuegos con guitarras de plástico, el Karaoke y las sesiones de fotos de moda juvenil son sólo algunos de los excesos de esta tendencia.

Este pude ser un panorama pseudoapocalíptico: un recorrido lleno de cadáveres que vienen a las playas a morir como grandes cetáceos. Hace unos días para vacunarme de la nostalgia vendí mi colección de discos por dos chavos. Cuando volví a una tienda de discos para comprar unas carpetas de discos usados que necesitaba para montar esta exposición me cobraron diez céntimos de euro la pieza, con el vinilo en perfecto estado incluido. Aunque se que por mis discos están pagando fortunas en las páginas de subastas para coleccionistas, ahora sería incapaz de recordar algún producto con un precio tan bajo.